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Siguiendo los pasos de Marie-Laure

"La luz que no puedes ver"

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Mary Margaret Chappell

Soy una americana residente en Cancale, y he redescubierto la ciudad corsaria a través de la novela del escritor americano Anthony Doerr.

Tengo la suerte increíble de poder dedicarme a lo que me gusta en un lugar que me encanta. Y en los momentos del año en que no estoy en Cancale, mi vida cancalesa impregna todo lo que hago...

Y esto es lo que hago:

My Cancale Kitchen 

Mary Margaret Chappell

Pasó bastante tiempo antes de que leyera "La luz que no puedes ver"...

...el best-seller norteamericano que transcurre en Saint-Malo durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a los elogios de mis amigos, pese al premio Pulitzer (equivalente al premio Goncourt en EE UU), me mantenía distante. ¿Acaso un novelista americano podía estar a la altura para hablar de la ciudad corsaria? (A eso se le llama «ser más papista que el Papa»… después de todo, soy una americana que se considera más o menos a la altura…) Pero cuando una gran amiga mía me envió un ejemplar (¡encuadernado!), no tuve más remedio que leerlo.

Y fue así que descubrí que Anthony Doerr «está a la altura». Al correr de su pluma, Saint-Malo se abre como una caja de secretos de esas que el padre de Marie-Laure Le Blanc, la joven ciega de la novela, le regala en cada cumpleaños. Es maravilloso. Fascinante. Lleno de detalles. Y muy bien escrito. De pronto, me encontré sumergida en una ciudad que conocía y que, a la vez, no conocía en absoluto.

Buscando el número 4 de la rue Vauborel

Saint-Malo es, sobre todo, una ciudad que visito extramuros (playas, los peñascos) y supramuros (murallas). Rara vez entro en el recinto amurallado. Así pues, me pregunto dónde quedará la famosa rue Vauborel y su estrecha casa de cinco pisos (seis, si contamos el desván… ¡y quienes han leído el libro saben que hay que contarlo!), domicilio de Marie-Laure y de su tío abuelo Etienne. Ni idea.

 

Pero me pica la curiosidad… y voy a ver. Me tomo mi tiempo, y con ayuda del GPS de mi teléfono, llego hasta el número 4 de la rue Vauborel. Al oeste de la ciudad fortificada, la dirección decepciona: se trata de un gran edificio de apartamentos (re)construido después de la guerra. Pero todo alrededor está lleno de casas que se parecen a la mansión descrita. ¿Cuál de ellas habrá inspirado al autor? ¿Esta que parece abandonada? ¿Aquella con su torre casi medieval? ¿O uno de esos tres edificios pegados, al fondo de un callejón sin salida? Hay para elegir.

Tras los pasos de Marie-Laure

Con la vista en los techos, entro en el casco denso, cerrado y laberíntico. Pero enseguida tengo que bajar los ojos, porque tropiezo peligrosamente con los adoquines. Grises, rosados, blancos, negros, lisos, arqueados, elegantes, gastados... ¿Por qué hay semejante variedad de piedras? ¿Cómo es que nunca antes las había visto? (¿Y cómo puede ser que una chica ciega haya podido desplazarse por ese empedrado sin caerse?)

Siguiendo los adoquines, entro en el dédalo de calles, escaleras y pasadizos vacíos y silenciosos (aunque la avalancha de turistas nunca está lejos). Unos rayos de sol penetran entre los sombríos caserones.

 

Sigo los caminos hasta la luz, y luego hasta los muros de la ciudad. Por primera vez los rodeo por abajo, descubriendo una galería de nichos, puertas y cuevas que nadie imagina que puedan existir cuando camina por lo alto de las murallas.

«Una barra de pan normal, por favor»

Encuentro una panadería. Inspirada por «La luz que no puedes ver», pido un pan grande, mi versión del pan normal que cada día compra Marie-Laure en la novela. No me atiende una panadera de la Resistencia y mi pan no encierra ningún mensaje secreto. Pero una vez en casa, prolongará el recuerdo de esos momentos vividos entre realidad e imaginación.

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